¿Nos han visitado alguna vez? La ciencia pone en duda que los extraterrestres hayan visitado la Tierra

Una representación artística de una nave espacial atravesando el espacio interestelar. La enorme distancia entre las estrellas constituye uno de los principales obstáculos para los hipotéticos viajes extraterrestres. Imagen: JCK5D / Wikimedia Commons (CC0).

¿Nos han visitado alguna vez? La ciencia pone en duda que los extraterrestres hayan visitado la Tierra


La posibilidad de que exista vida fuera de nuestro planeta parece cada vez menos una fantasía. Pero una cosa es que haya organismos o civilizaciones en algún rincón del universo y otra muy distinta que hayan conseguido recorrer las enormes distancias del cosmos para visitarnos. La astrobióloga y especialista en comunicación científica Carol Oliver ha señalado varias dificultades que hacen especialmente improbable este último escenario


Durante décadas, los extraterrestres han formado parte de nuestra cultura. Los hemos imaginado llegando en naves luminosas, escondidos entre nosotros, observándonos desde lugares remotos o descendiendo sobre algún desierto estadounidense. El cine, la literatura y los relatos sobre objetos voladores no identificados han convertido esa posibilidad en uno de los grandes mitos contemporáneos.

Cada cierto tiempo, además, el asunto vuelve a ocupar titulares. La reciente desclasificación de documentos relacionados con fenómenos aéreos no identificados en Estados Unidos, el interés renovado por las investigaciones sobre vida fuera de la Tierra o estrenos cinematográficos como El día de la revelación, de Steven Spielberg, han devuelto una vieja pregunta al centro del debate: ¿alguien ha llegado alguna vez desde otro mundo?

Carol Oliver, en un análisis publicado en The Conversation, recuerda que hay que separar dos cuestiones que a menudo se mezclan: la posibilidad de que exista vida extraterrestre y la posibilidad de que esa vida haya viajado hasta la Tierra.

La primera resulta perfectamente compatible con lo que sabemos del universo. La segunda plantea obstáculos enormes.

El universo no está hecho a escala humana

El primer problema aparece cuando intentamos comprender las distancias que separan las estrellas. Próxima Centauri, nuestra vecina estelar más cercana, se encuentra a algo más de cuatro años luz. En términos astronómicos puede considerarse nuestro vecindario, pero traducida a kilómetros la distancia ronda los 40 billones.

Para hacerse una idea, la luz necesita algo más de cuatro años para recorrer ese trayecto. Una nave espacial fabricada con la tecnología actual necesitaría muchísimo más tiempo. La Parker Solar Probe, una de las máquinas construidas por el ser humano que ha alcanzado mayores velocidades, ha superado los 190 kilómetros por segundo en sus aproximaciones al Sol. Es una cifra extraordinaria, pero sigue siendo una fracción diminuta de la velocidad de la luz.

Según el planteamiento de Oliver, incluso si una civilización extraterrestre dispusiera de una tecnología muy superior a la nuestra, tendría que enfrentarse a la inmensidad del espacio. Y Próxima Centauri es solamente la estrella más cercana.

La Vía Láctea contiene cientos de miles de millones de estrellas. Entre muchas de ellas existen distancias que convertirían cualquier viaje interestelar en una auténtica odisea.

Cuando viajar significa también viajar en el tiempo

La velocidad introduce además otro problema. La teoría de la relatividad de Einstein establece que el tiempo no transcurre exactamente de la misma manera para todos los observadores. Cuando un objeto se desplaza a velocidades muy elevadas, próximas a la de la luz, aparece el fenómeno conocido como dilatación temporal.

El efecto es real y ha podido medirse incluso en situaciones mucho menos extremas. El astronauta Scott Kelly, por ejemplo, pasó cerca de un año en la Estación Espacial Internacional y regresó siendo ligeramente más joven que su hermano gemelo Mark Kelly. La diferencia fue minúscula, aunque demuestra que el movimiento puede afectar al paso del tiempo.

En un viaje interestelar a velocidades cercanas a la de la luz, las consecuencias serían mucho mayores. Para los viajeros podría transcurrir un periodo relativamente corto mientras que, en su planeta de origen, podrían pasar décadas o incluso siglos. Una hipotética tripulación extraterrestre podría emprender un viaje pensando en regresar a casa y descubrir, al volver, que su civilización ha cambiado por completo. El viaje se convertiría en un viaje al futuro.

Una cantidad descomunal de energía

La segunda gran dificultad es la energética. La física conocida establece que cuanto más se aproxima un objeto con masa a la velocidad de la luz, más energía se necesita para continuar acelerándolo. Alcanzar esa velocidad sería imposible para una nave con masa, ya que exigiría una cantidad de energía que tiende al infinito.

Por eso, incluso una civilización tecnológicamente muy avanzada tendría que afrontar un enorme desafío para conseguir velocidades capaces de hacer razonables los viajes entre estrellas.

Pero existe otro peligro. El espacio interestelar no se encuentra vacío. Hay partículas, átomos y pequeñas cantidades de polvo dispersas entre las estrellas. A velocidades convencionales pueden resultar insignificantes, sin embargo, cuando una nave viaja a velocidades enormes, incluso una partícula diminuta puede convertirse en un proyectil extremadamente energético: los impactos podrían producir radiación, deteriorar los materiales y causar daños en los sistemas de la nave.

Por tanto, una civilización extraterrestre necesitaría encontrar una forma eficiente de propulsarse y una manera también para protegerse durante el trayecto.

Y aquí aparece una pregunta que plantea Oliver: ¿qué motivo tendría una civilización avanzada para invertir semejantes cantidades de energía y recursos en llegar hasta la Tierra?

La Tierra podría ser inhabitable para ellos

Hay una tercera cuestión que no suele aparecer en las historias sobre extraterrestres, y no es otra que la compatibilidad biológica.

Los seres vivos de nuestro planeta han evolucionado durante miles de millones de años adaptándose a unas condiciones concretas. Nuestra atmósfera, la presión, la temperatura y la composición química del entorno forman parte de un delicado sistema del que depende la vida terrestre. Lo que ocurre es que una forma de vida originada en otro planeta no tendría por qué compartir esas necesidades.

Incluso el oxígeno, imprescindible para nosotros, podría ser peligroso para un organismo con una bioquímica completamente diferente. Se trata de un elemento muy reactivo y no podemos asumir que una criatura extraterrestre pudiera respirarlo sin consecuencias.

Oliver reconoce que una hipotética civilización podría utilizar sistemas de protección, del mismo modo que los seres humanos necesitamos equipos especiales para sobrevivir fuera de la Tierra. Pero eso introduce otra complicación: si el entorno terrestre fuese tóxico para ellos, una visita exigiría trajes, sistemas de filtración o espacios controlados. La imagen del extraterrestre que baja despreocupado de su nave y respira el aire terrestre como si estuviera en su propio planeta pertenece más a la ficción que a la biología.

Que no nos visiten no significa que estemos solos

Llegados a este punto conviene hacer una distinción fundamental. No tener pruebas de visitas extraterrestres no equivale a demostrar que no existe vida fuera de la Tierra. De hecho, la astronomía moderna ha hecho que la posibilidad de encontrarla resulte cada vez más interesante.

Los científicos han confirmado ya miles de exoplanetas, mundos que orbitan alrededor de otras estrellas. Muchos se encuentran demasiado lejos para que podamos estudiarlos con detalle, pero algunos presentan características que los convierten en objetivos especialmente atractivos para la investigación.

Nuestra propia galaxia contiene cientos de miles de millones de estrellas y sabemos que los sistemas planetarios son comunes, y esto significa que existen cantidades enormes de lugares donde, al menos en principio, podrían darse condiciones favorables para la vida, y sin ni siquiera salir de nuestro sistema solar.

Marte conserva huellas de un pasado en el que existieron condiciones muy diferentes a las actuales. Europa, una de las lunas de Júpiter, parece esconder un enorme océano bajo su superficie helada. Encélado, luna de Saturno, expulsa al espacio material procedente de su interior. Titán, por su parte, posee una atmósfera densa y una compleja química orgánica que lo convierte en uno de los lugares más interesantes del sistema solar desde el punto de vista astrobiológico.

Hasta ahora no existe una prueba confirmada de vida extraterrestre en ninguno de estos mundos, aunque la búsqueda continúa. El misterio permanece.


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