Semmelweis y el descubrimiento de que lavarse las manos salvaba vidas
Ignaz Semmelweis (1860), médico húngaro pionero de la higiene de manos. Imagen de dominio público, vía Wikimedia Commons.
Ignaz Semmelweis y el descubrimiento de que lavarse las manos salvaba vidas
Su descubrimiento parecía demasiado sencillo como para ser verdad y por ello sufrió las burlas y el ostracismo de la comunidad científica de su tiempo. Me refiero a Ignaz Semmelweis, un médico húngaro que trabajó en la Viena de mediados del siglo XIX y que terminó convirtiéndose en uno de los grandes pioneros de la higiene hospitalaria. Su historia comienza con una pregunta: ¿por qué morían tantas mujeres después de dar a luz?
En aquella época, la llamada fiebre puerperal, una infección que aparecía después del parto, lograba la muerte de muchas parturientas. En el Hospital General de Viena había dos clínicas obstétricas y la diferencia entre ellas resultaba desconcertante. En la primera trabajaban médicos y estudiantes de medicina; en la segunda, principalmente matronas. Entre 1841 y 1846, la mortalidad media de la Primera Clínica era del 9,92 %, mientras que en la Segunda del 3,38 %. Y unos años después, los números aumentaron.
Semmelweis comenzó a buscar una explicación. Las dos clínicas estaban en el mismo hospital y atendían a mujeres en circunstancias parecidas, pero había una diferencia que llamó su atención: los médicos y estudiantes de la Primera Clínica participaban en autopsias y después acudían a examinar a las parturientas. Las matronas de la Segunda Clínica, en cambio, no realizaban esas autopsias. En aquella época todavía no se sabía que los microorganismos podían provocar infecciones y transmitirse de una persona a otra, y por tanto, Semmelweis no podía ver aquello que estaba buscando, pero los datos le indicaban que algo relacionado con las prácticas de los médicos estaba causando aquellos fallecimientos.
La causa estaba en las manos
La pista definitiva llegó en 1847, después de una tragedia que afectó personalmente a Semmelweis. Su colega Jakob Kolletschka, profesor de medicina forense, se hirió accidentalmente con un instrumento durante una autopsia y murió poco después de una infección.
Cuando Semmelweis estudió el caso, descubrió que las alteraciones encontradas en el cuerpo de Kolletschka se parecían a las que observaba en las mujeres fallecidas por fiebre puerperal. La idea comenzó a tomar forma: quizá los médicos estaban transportando desde los cadáveres hasta las mujeres algún tipo de material contaminante. Semmelweis lo denominó «partículas cadavéricas». No sabía que detrás de ellas había microorganismos, aunque ya había identificado una vía de transmisión de la infección.
Entonces decidió actuar. En mayo de 1847 consiguió que los médicos y estudiantes de la Primera Clínica se desinfectaran las manos con una solución de cal clorada antes de examinar a las pacientes. Semmelweis había comprobado que aquella sustancia era bastante eficaz para eliminar el olor que permanecía en las manos después de las autopsias y pensó que también podía destruir el material contaminante. La medida no era agradable, ya que la solución irritaba la piel, pero los resultados fueron espectacularmente eficaces. En abril de 1847, antes de introducir el procedimiento, la mortalidad había alcanzado el 18,3 %. Después, descendió al 2,2 % en junio y al 1,2 % en julio.
La mortalidad había caído alrededor de un 90 % y la diferencia entre las dos clínicas casi había desaparecido. En 1848, cuando el lavado con cloro se aplicó de forma continuada, murieron 45 de las 3.556 mujeres atendidas en la Primera Clínica, una mortalidad aproximada del 1,27 %. De esta manera, Semmelweis había encontrado una forma de reducir drásticamente las muertes sin disponer de microscopios capaces de mostrar las bacterias ni de una teoría científica que explicara todavía el origen de las infecciones. Había llegado a la solución con tan solo la observación, la comparación y los datos.
No fue comprendido
Como muchas veces ha ocurrido, su descubrimiento no fue recibido como cabría esperar. La medicina de mediados del siglo XIX todavía estaba lejos de comprender la importancia de los microorganismos. Tampoco Semmelweis consiguió explicar correctamente qué agente causaba la enfermedad. Sabía que algo podía pasar de las manos de los médicos a las mujeres y que la desinfección reducía las muertes, pero no podía identificar ni explicar ese «algo». Además, su manera de defender sus conclusiones fue cada vez más combativa: acusó a quienes rechazaban sus ideas de contribuir a la muerte de pacientes y terminó enfrentándose con buena parte de sus colegas.
Semmelweis abandonó Viena en 1850 y regresó a Pest, donde continuó ejerciendo la medicina y aplicando sus métodos. En 1861 publicó su principal obra sobre la fiebre puerperal, intentando demostrar con datos y argumentos, y en un tono agresivo, que la enfermedad podía prevenirse, aunque nadie le hizo caso. También comenzó a escribir cartas amenazantes a los profesores de obstetricia de toda Europa, sin embargo, tampoco fue tomado en serio. Sus observaciones eran correctas, sus resultados eran difíciles de negar y, aun así, gran parte de la comunidad médica no aceptó sus conclusiones.
El destino de Semmelweis fue trágico. Durante sus últimos años sufrió un grave deterioro de su salud mental, a causa del alcohol y de su afición por frecuentar prostíbulos, donde contrajo sífilis. Y el 31 de julio de 1865, fue ingresado en una institución psiquiátrica de Viena. Murió entre sus paredes el 13 de agosto, con solo 47 años. Las circunstancias exactas de sus últimos días han sido discutidas durante décadas, aunque la investigación histórica de la Universidad Semmelweis señala que la causa de muerte fue una sepsis relacionada con una infección y osteomielitis en su mano derecha ocasionada en algunas de las palizas que le infligían en aquella institución.
Durante las décadas siguientes, los trabajos de Louis Pasteur y el desarrollo de la teoría microbiana permitieron comprender el papel de los microorganismos en las enfermedades infecciosas. Posteriormente, los avances de la antisepsia transformaron la cirugía y la medicina hospitalaria. No ocurrió que otros científicos «confirmaran» a Semmelweis: el desarrollo de la medicina fue mucho más complejo. Pero sus observaciones encontraron finalmente una explicación científica y su insistencia en la higiene de las manos pasó a formar parte de las prácticas fundamentales para prevenir las infecciones.
Hoy, 161 años después, Semmelweis es recordado como uno de los grandes pioneros de la prevención de infecciones. Fue el primero en darse cuenta de que una práctica aparentemente insignificante para la época, podía salvar muchas vidas.
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