Fritz Lang: 50 años sin el maestro de las sombras


Fritz Lang a su llegada al aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam, el 10 de abril de 1969. El cineasta moriría siete años después, dejando una de las filmografías más influyentes de la historia del cine. Fotografía: Joost Evers / Anefo / Nationaal Archief (CC BY-SA 3.0 NL).

Fritz Lang: 50 años sin el maestro de las sombras


Medio siglo después de su muerte, sus ciudades futuristas, sus criminales y malvados, sus multitudes y sus personajes perseguidos por un destino que parece inevitable continúan formando parte del imaginario cinematográfico. Este 2 de agosto de 2026 se cumplen 50 años de su muerte y la ocasión permite volver sobre una trayectoria excepcional, dividida entre la Alemania del expresionismo, el Hollywood clásico y el regreso a una Europa transformada por la guerra


Se cumplen cincuenta años de la muerte de Fritz Lang, uno de los grandes arquitectos de la historia del cine, uno de los nombres esenciales del séptimo arte. Murió en Beverly Hills, a los 85 años, después de una carrera que atravesó el expresionismo alemán, el Hollywood clásico y el regreso a una Europa que ya no era la que había abandonado huyendo del nazismo. 

No fue solo el director de Metrópolis, M o El testamento del doctor Mabuse, fue un cineasta que contó historias en casi todos los géneros, y que estaba obsesionado con el poder, la culpa, la vigilancia, la soledad, las masas malvadas, destinos trágicos y escritos y la fragilidad del individuo. Su obra puede dividirse en tres grandes etapas —Alemania, Estados Unidos y su regreso a Europa—, pero en las tres permanece la misma mirada: la de un hombre desconfiado que encontraba en las sombras su manera de explicar y de reflejar el mundo.

La primera etapa: Alemania, entre las pesadillas y la modernidad

Fritz Lang nació en Viena, Austria, el 5 de diciembre de 1890, en el seno de una familia acomodada, pero se nacionalizó alemán, nacionalidad a la que después renunció. Estudió ingeniería y pintura. Viajó por Europa y, después de combatir y resultar herido durante la Primera Guerra Mundial, comenzó a trabajar como guionista en Berlín. 

En 1919, dirigió Halbblut. Después vinieron Las tres luces, El Doctor Mabuse, el jugador, Los Nibelungos, Metrópolis, Spione, La mujer en la Luna, M y El testamento del doctor Mabuse (1933), que forman un conjunto en el que el director fue desarrollando, en pleno cine silente, una visión cada vez más inquietante y pesimista de la sociedad. Lang vivía en una Alemania marcada por la derrota, la crisis económica, la violencia política y la transformación tecnológica, y convirtió aquellas tensiones en imágenes inolvidables. Sus ciudades parecían organismos vivos; sus multitudes podían transformarse en jaurías; sus máquinas adquirían una dimensión casi religiosa.

Metrópolis, estrenada en 1927, es la cinta más representativa de esta época. La ciudad futurista dividida entre los privilegiados de la superficie y los trabajadores que viven bajo tierra se convirtió en una de las imágenes fundamentales de la ciencia ficción. Pero Lang, más que hablar del futuro, trataba el presente. 

Algo parecido sucedería en M, de 1931, donde un asesino de niños provoca una persecución colectiva que termina implicando tanto a la policía como al mundo criminal. La película plantea una pregunta todavía incómoda: qué ocurre cuando una sociedad dominada por el miedo decide sustituir la justicia por la venganza. Lang entendía el cine como un espejo de su tiempo y llegó a afirmar que «la esencia del cine solo resulta convincente e intensa cuando coincide con la esencia de la época de la que nace». 

Esa frase explica buena parte de su filmografía alemana, ya que no necesitaba hacer películas políticas; tan solo le bastaba con mostrar una sociedad enferma, dividida o aterrorizada para que el espectador reconociera en ella su propio tiempo.

La llegada de los nazis transformó su vida. El testamento del doctor Mabuse, estrenada en 1933, fue prohibida por las autoridades alemanas y Lang terminó abandonando el país, tras divorciarse de Thea von Harbou, escritora y guionista de muchas de sus películas, que se acercó al nazismo y trabajaría en la industria cultural alemana.

La segunda etapa: Hollywood, el extranjero que filmó la violencia de América

Lang llegó a Estados Unidos en 1934 y comenzó una nueva vida cinematográfica. Durante casi dos décadas dirigió películas como Furia, Sólo se vive una vez, La mujer del cuadro, Perversidad, Los sobornados, Mientras Nueva York duerme y Más allá de la duda

Hollywood le ofreció un nuevo sistema industrial y nuevos géneros, pero Lang no abandonó sus obsesiones. En Furia, por ejemplo, un hombre inocente es víctima de una multitud que quiere lincharlo. El escenario ha cambiado, pero el tema es el mismo que aparecía en sus películas alemanas: el individuo atrapado por una sociedad injusta dominada por el miedo y la violencia. El cine negro le permitió desarrollar todavía más esa mirada pesimista, poblada de personajes atrapados y sin salida por sus decisiones, por el azar o por circunstancias que parecen conducirlos sin remedio hacia la tragedia y la desesperación.

Lang observaba Estados Unidos con la misma distancia crítica con la que había observado la Alemania de Weimar. En una entrevista de 1967 para la revista británica Sight and Sound explicó su concepción del oficio con una frase reveladora: «Dirigir es psicología aplicada y un buen director es simplemente un buen analista». También afirmó: «El cine es un medio demasiado vasto para la autocomplacencia. Es una herramienta peligrosa y debes ser responsable cuando la utilizas». 

La etapa americana también consolidó su relación con el cine negro. La mujer del cuadro y Perversidad muestran a individuos aparentemente normales que terminan inmersos en una espiral pesadillesca de deseo, engaño y crimen. Los sobornados convierte la corrupción en una estructura oscura que contamina a toda una ciudad. 

Lang había aprendido a trabajar dentro de las limitaciones del sistema de estudios, pero conservó una extraordinaria personalidad. Años después, cuando alguien quiso reducir su trabajo a una cuestión de inspiración artística, él mismo respondió: «No soy un artista. Soy un artesano». La frase encaja perfectamente con su manera de entender el cine, atendiendo a la construcción, la precisión, la sobriedad, la disciplina y control del encuadre.

Pero detrás de aquella precisión cinematográfica no hay que olvidar que también era un director de carácter dominante y difícil. Lang tenía fama de ser autoritario, controlador y exigente durante los rodajes. Su relación con los actores y colaboradores podía ser áspera y, según diversos testimonios, llegó a comportarse de manera intimidatoria. El creador que hizo del poder y la dominación uno de los grandes temas de su obra cinematográfica también ejercía un poder similar sobre quienes trabajaban con él.

La tercera etapa: el regreso a Europa y el último Mabuse

En 1956 Fritz Lang regresó a Alemania después de más de veinte años en Estados Unidos. Para entonces, Lang tenía una imagen física inconfundible: el parche sobre su ojo derecho. No fue el único gran director de su generación que lo usó. John Ford, Raoul Walsh, Nicholas Ray, André de Toth o Sam Fuller también lo llevaron, y hasta se les define como un singular grupo de cineastas del parche. Y en Lang parecía adecuado para un rostro severo como el suyo, y además con una filmografía con una temática y un estilo tan sombríos.

Hizo entonces el díptico El tigre de Esnapur y La tumba india, cine de aventuras en el que tampoco no olvida se sello personal. Y en 1960 dirigió Los crímenes del doctor Mabuse, su última película. Con ella recuperó al villano que había utilizado en su etapa alemana para representar la corrupción y la manipulación de la sociedad de su país, un personaje que tanto influiría en el cine posterior, y que ahora retomaba en un mundo marcado por la Guerra Fría, la vigilancia y las nuevas tecnologías. De esta manera, terminaba su carrera hablando de nuevo de una sociedad en la que el control podía ejercerse desde lugares que nadie encontraba.

Su salud se deterioró durante sus últimos años y llegó a sufrir una grave pérdida de visión, aunque siguió concediendo entrevistas y reflexionando sobre su oficio. Su carrera había atravesado dos guerras mundiales, el nacimiento del cine sonoro, el auge del nazismo, el exilio, el Hollywood clásico y el regreso a una Alemania dividida. Había trabajado en el cine mudo y en el sonoro, en el expresionismo, en el cine negro, en la ciencia ficción, en el thriller y en el melodrama, pero nunca dejó de filmar las mismas preguntas y las mismas obsesiones.

Fritz Lang murió el 2 de agosto de 1976. Cincuenta años después, su obra continúa viva, y es un claro referente en los cineastas modernos. Metrópolis sigue siendo una piedra fundamental de la ciencia ficción, que no ha perdido ni un ápice de su crítica y reflexión; M continúa siendo una de las grandes películas sobre el miedo colectivo; su cine negro ayudó a definir una estética de sombras, persianas casi cerradas, calles nocturnas y lluviosas y personajes condenados; y su obsesión por la vigilancia resulta más inquietante en este momento, en una época dominada por cámaras, pantallas, datos y algoritmos. Su cine no deja de brillar en el descenso tenebroso hacia nuestros miedos más persistentes.


Comentarios

Artículos más visitados

Tramo Señalizado. Entrevista a Rosa Palo: Una Columnista entrañable

Microrrelatos ganadores del II Certamen Internacional de Microrrelato 'Jorge Alonso Curiel' 2023

Microrrelatos ganadores del I Certamen Internacional de Microrrelato 'Jorge Alonso Curiel' 2022

El cine Vistarama y la vida de repuesto

Crítica de "La Reina del Porno": La apasionante vida de Chelly Wilson

Publicación de los microrrelatos premiados en el III CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATO 'JORGE ALONSO CURIEL' 2024