Thierry Frémaux: «Para comprender el cine del futuro, tenemos que conocer de dónde viene»

23. edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla

Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes y del Instituto Lumière, en el centro de la foto, durante el encuentro con los medios de comunicación celebrado el 7 de noviembre en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Fotografía: Festival de Cine Europeo de Sevilla.

Thierry Frémaux: «Para comprender el cine del futuro, tenemos que conocer de dónde viene»

El director del Festival de Cannes y del Instituto Lumière reivindica en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el cine clásico, la experiencia de las salas y la memoria cinematográfica frente a los desafíos de la inteligencia artificial


Sevilla, 7 de noviembre de 2026. El cine necesita mirar hacia el futuro, pero sin olvidar su pasado. Esa es una de las ideas que ha defendido Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes y del Instituto Lumière, durante su encuentro con los medios de comunicación celebrado el sábado 7 de noviembre, en el marco de la 23.ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde ha recibido el Giraldillo de Honor. Una conversación en la que el responsable de uno de los certámenes cinematográficos más importantes del mundo ha reflexionado sobre la evolución del séptimo arte, la importancia de conservar su patrimonio y los cambios que traerán las nuevas tecnologías.

Frémaux comenzó destacando el papel de los festivales como espacios de encuentro entre el cine y la ciudadanía. «Es una oportunidad para volver a ver cine en grandes pantallas y, además, pone el séptimo arte en el centro de la ciudad», afirmó sobre el certamen sevillano. También expresó su satisfacción por visitar una ciudad que considera especialmente bella y por participar en una celebración que, una vez al año, convierte al cine en protagonista de su vida cultural.

Acostumbrado a entregar premios en Cannes, Frémaux se encontraba esta vez al otro lado del reconocimiento. Recibir el Giraldillo de Honor, compartido en esta edición con la cineasta Agnieszka Holland y el estudio de animación Cartoon Saloon, supone, según explicó, una recompensa al trabajo y a la energía dedicados a poner en valor a los profesionales y artistas del cine.

El pasado como una forma de comprender el presente

Su responsabilidad al frente del Instituto Lumière, institución dedicada a preservar y difundir el patrimonio cinematográfico, centró buena parte de la conversación. Para Frémaux, el cine clásico no pertenece únicamente al pasado ni debe contemplarse como una pieza de museo. Sus películas siguen vivas y pueden dialogar con las inquietudes del presente.

«No hay películas más viejas que una obra de Shakespeare o Mozart, por eso hay que ir al cine como quien va a comprar un libro de Marcel Proust, Scott Fitzgerald o García Lorca», señaló. En esa defensa de la memoria cinematográfica también recordó el Mercado de Cine Clásico que creó para reunir a profesionales de distintos países que trabajan en la recuperación y difusión de este patrimonio.

El conocimiento de la historia del cine resulta, a su juicio, imprescindible para seguir creando. Como ejemplo, mencionó La bola negra, cuya realización, según afirmó, no puede entenderse sin conocer la historia del país y la propia historia del séptimo arte. También evocó la relación entre Quentin Tarantino y Jorge Luis Borges, dos creadores que han sabido construir obras originales a partir de su conocimiento y pasión por las manifestaciones artísticas anteriores.

La experiencia de las salas fue otro de los asuntos centrales. Frémaux recordó las voces que durante la pandemia de la COVID-19 anunciaron la muerte del cine ante el avance de las nuevas tecnologías. Frente a aquellos pronósticos, destacó la voluntad existente en Francia de proteger las salas, las películas, sus autores y, especialmente, al público. «Sin el público no habría sido viable», recordó.

La inteligencia artificial y la búsqueda de un «cine ecológico»

Uno de los momentos más interesantes del encuentro llegó al abordar el futuro del cine ante la expansión de la inteligencia artificial. Frémaux no ocultó que en los próximos años veremos películas realizadas íntegramente mediante esta tecnología, pero considera que precisamente por eso será todavía más necesario conocer los orígenes del lenguaje cinematográfico.

Para explicar su posición recurrió a una comparación muy particular: la del vino ecológico. «Me gusta dar el ejemplo del vino ecológico, la necesidad de volver a tener un vino puro», explicó. En su opinión, antes de la llegada del cine digital existía una relación directa entre lo que sucedía delante de la cámara y lo que finalmente aparecía en la pantalla.

En este sentido, recordó las primeras películas de los hermanos Lumière y su manera de registrar la realidad, antes de que Georges Méliès explorase las posibilidades de la imaginación y los efectos cinematográficos.

Frémaux encontró en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, su ejemplo más representativo de ese cine que denomina «ecológico». Recordó la célebre secuencia del bombardeo con La cabalgata de las valquirias, rodada con seis helicópteros prestados por el ejército filipino y numerosas cámaras distribuidas para conseguir una escena de enorme fuerza visual.

Hoy, explicó, probablemente se recurriría a los efectos especiales digitales para multiplicar el número de helicópteros. Sin embargo, para él, la secuencia de Coppola conserva una autenticidad especial porque aquello que vemos procede del mundo real.

«A mí no me asusta la IA, pero necesito la honestidad de saber lo que estoy mirando», afirmó. Una reflexión que resume su preocupación: no se trata tanto de rechazar las nuevas herramientas como de preservar la transparencia y el conocimiento sobre cómo se construyen las imágenes. De hecho, considera que la inteligencia artificial se acerca más al territorio del cine de animación.

Un espectador privilegiado del cine mundial

Aunque figura como director de ¡Lumière! Comienza la aventura y ¡Lumière! La aventura continúa, dos películas construidas a partir de material restaurado de los pioneros del cinematógrafo, Frémaux no se considera propiamente un cineasta.

«Cuando yo era muy joven y cinéfilo quería ser director de cine, pero acabé mostrando los trabajos de los demás», confesó. Su labor, explicó, consiste en preservar y acercar al público la obra de los hermanos Lumière. Recordó también las palabras de su colega Bertrand Tavernier, quien le decía que hablaba de ellos no como un historiador, sino como un auténtico cinéfilo.

Su experiencia al frente del Festival de Cannes le permite contemplar cada año una panorámica extraordinaria de la producción cinematográfica internacional. Según reveló, ve alrededor de tres mil películas anualmente, de las cuales entre cuatrocientas y quinientas reúnen el nivel suficiente para aspirar a formar parte de la selección final. «Elegir no es una labor fácil», reconoció.

También defendió el trabajo colectivo y el debate entre los integrantes del equipo de programación. Preguntado por la necesidad de mantener una supuesta neutralidad ideológica en los festivales, fue contundente: «No hay neutralidad. En Cannes tenemos buen gusto y solo vemos la calidad de una película».

Para Frémaux, los artistas deben tener plena libertad para expresar sus ideas, aunque estas puedan generar discrepancias. De hecho, reconoció que disfruta debatiendo y discutiendo con sus colegas sobre cine.

Su visita a Sevilla ha dejado, en definitiva, una reivindicación que trasciende el reconocimiento a una trayectoria profesional: el cine necesita espectadores, salas, memoria y libertad creativa. Y, sobre todo, necesita seguir siendo una experiencia compartida en la que las imágenes, más allá de la tecnología que las haga posibles, conserven su capacidad para emocionarnos y hacernos pensar.

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