Donde menos te lo esperas
Donde menos te lo esperas
A veces el paraíso, amigos, o al menos un trocito de él, te lo encuentras cuando menos te lo esperas y donde menos te lo esperas.
Fue este pasado sábado, al caer la tarde. Regresaba por la carretera de Burgos y me detuve en un modesto bar de carretera, al lado de una gasolinera, en la autovía. El calor había aflojado y la temperatura era ideal. Había otros coches allí aparcados, y la gente descansaba y tomaba algo en la terraza, mientras charlaba en un tono distendido. De uno de los coches salía una canción maravillosa de la bella y cálida Sade.
Entré a por una Coca-Cola y, al volver a salir, me di cuenta de los placeres más maravillosos que nos regala el verano y que, quizá, otras estaciones no pueden ofrecernos. La sensación de sosiego, belleza, perfección y paz que allí reinaban me inundó, y ya no quise irme como tenía planeado. Las prisas desaparecieron.
Por eso me senté en una silla de plástico y abrí la anilla del refresco. Mientras el cielo me regalaba un ocaso inolvidable, pensé que los mejores momentos de la vida están hechos de sencillez y, casi siempre, llegan sin avisar.
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