Tarde de autobús (Poema)
Tarde de autobús
Llueve.
Monto en el autobús.
Demasiado tiempo sin hacerlo.
Regresan de inmediato
ese olor a prisa,
a suciedad,
a perfumes gastados.
Vuelven también
los recuerdos de adolescente
cuando me movía por la ciudad
sintiéndome libre y adulto
por primera vez
en autobuses
en tardes de lluvia,
las gotas en los cristales,
miradas melancólicas.
Me coloco al principio,
agarrado a la barra.
Fuera,
arrecia la lluvia.
En la mitad,
una chica joven.
Brilla su melena negra.
Una mano sujeta la barra,
con la otra sostiene un libro.
La miro.
En un momento, ella se gira.
Nuestros ojos se encuentran,
y vuelve rápido a la lectura.
Pronto
vuelve a mirarme.
Me sonríe.
Regresa a su libro.
No lo pienso.
Avanzo a trompicones
entre la gente.
Haber cumplido los cuarenta
tiene la ventaja
de olvidar ciertos miedos.
A su lado,
miro por encima de su hombro.
Es un libro de relatos.
Respiro el paraíso de su pelo.
Me acerco más.
La noto estremecerse.
Da una pequeña carcajada.
—Me gusta este libro —dice, sin girarse—.
Este autor sabe hacer reír.
—A mí también me gusta leer —respondo.
Entonces se gira.
—Leer es un placer —digo.
El autobús frena en un semáforo.
La lluvia golpea el cristal.
Permanezco a su lado, en silencio.
Miro sus labios rojos.
Y pienso que la literatura,
aunque muchos lo duden,
sirve para algo.
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