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Vivir sin saberse dañado

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HACE UNAS NOCHES, en el bar de siempre, sucedió algo que se salió de lo normal. Quizá os haya pasado. Nunca había visto a ese hombre por allí, nunca lo había visto en parte alguna. Cerca de los 50, alto, elegantemente vestido, atractivo, entró saludando con una sonrisa a todos los que estábamos allí, y pidió a la camarera un café y un vaso de agua con un armonioso y agradable tono lleno de simpatía. Era alguien diferente, emitía una luz especial, sin un mínimo signo de cansancio. Transmitía confianza, cercanía, y ausencia de miedo y prevención en sus ojos, en su semblante y en sus gestos. Era una de esas personas que, habiendo vivido y sufrido lo suyo, la sensación de pureza, de no haber sido corrompido ni decepcionado por el mundo ni por los demás, estaba intacta, increíblemente intacta. Una persona que parecía un ángel.  Después de un rato, en el que miró por encima el periódico, escuchó las conversaciones de los parroquianos sin intervenir en ninguna, acabó su café, pagó con una son