Klaus Kinski, cien años de un actor irrepetible y una figura incómoda

Caricatura de Klaus Kinski (1975), obra del dibujante alemán Hans Georg Pfannmüller. Fuente: Wikimedia Commons. Licencia: Creative Commons CC BY-SA 3.0 DE⁠. 

Klaus Kinski, cien años de un actor tan irrepetible como incómodo

El intérprete alemán habría cumplido cien años el 18 de octubre. Su trabajo con Werner Herzog dejó algunas imágenes esenciales del cine europeo, pero su legado también está marcado por su comportamiento violento y las graves acusaciones de abuso formuladas por sus hijas


Su rostro anguloso, sus ojos inquietantes y una manera de interpretar que parecía llevar a sus personajes hasta el límite hicieron inconfundible a este actor de tan fuerte personalidad. Cien años después de su nacimiento, sigue siendo una figura difícil de olvidar y también de separar de las sombras que acompañaron su vida.

Kinski nació el 18 de octubre de 1926 en Zoppot, entonces perteneciente a la Ciudad Libre de Dánzig y hoy conocida como Sopot, en Polonia. Su familia se trasladó a Berlín cuando él era niño, y allí comenzó su carrera como actor.

Su verdadero nombre era Klaus Günter Karl Nakszynski. Durante su carrera intervino en más de un centenar de películas, aunque fue su colaboración con el director Werner Herzog la que terminó por situarlo en un lugar destacado de la historia del cine.

De Aguirre a Fitzcarraldo: la alianza con Werner Herzog

La relación profesional entre Kinski y Herzog dio lugar a cinco películas: Aguirre, la cólera de Dios (1972), Nosferatu, vampiro de la noche (1979), Woyzeck (1979), Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987). En ellas, el actor encarnó personajes dominados por la obsesión, la ambición o la locura, figuras que parecían gritar hacia su propia destrucción.

En Aguirre, la cólera de Dios, interpretó al conquistador español que se adentra en la selva amazónica consumido por la ambición; en Nosferatu, vampiro de la noche, ofreció una versión espectral y desoladora del célebre vampiro, y en Fitzcarraldo dio vida a un hombre obsesionado con levantar un teatro de ópera en plena Amazonía. Pero las tres están caracterizadas por una intensidad que resultaba tan fascinante como perturbadora.

La colaboración entre director y actor, sin embargo, estuvo lejos de ser tranquila. Los rodajes estuvieron acompañados de discusiones y enfrentamientos. Herzog llegó a recordar aquella relación como una convivencia entre la necesidad artística y el peligro. En su documental Mi enemigo íntimo (1999), revisó aquella compleja alianza con una mezcla de admiración, humor y bastante amargura.

La intensidad de Kinski también se manifestaba fuera de los rodajes. Sus apariciones televisivas, a menudo acompañadas por estallidos de ira, contribuyeron a construir la imagen pública de un hombre incapaz de aceptar la contradicción y la frustración. El propio Herzog resumió el extraordinario magnetismo del actor al afirmar que poseía una presencia sin parangón en la historia del cine.


Klaus Kinski en el Festival de Cannes de 1988. Fotografía de Georges Biard, licencia Creative Commons CC BY-SA 3.0.

Las sombras de su legado

Kinski tenía una opinión poco complaciente de buena parte de su filmografía. En una declaración recogida por la radiotelevisión pública alemana WDR, dijo: «En mi vida también he fregado retretes y, de pronto, en lugar de limpiar retretes, hice películas de mierda, porque también sabía hacerlo». La frase retrata su provocación habitual y el desprecio que podía mostrar hacia algunos trabajos que había aceptado.

Otra de sus facetas quedó reflejada en Jesus Christus Erlöser, el monólogo que presentó en Berlín en 1971: el espectáculo terminó en un enfrentamiento con parte del público. Cuando un espectador cuestionó la manera en que Kinski representaba a Jesús, el actor respondió con una violenta salida de tono. La escena, conservada en grabaciones, permite observar tanto su capacidad para dominar la atención como su dificultad para tolerar la crítica.

Pero la revisión de su figura no puede limitarse a sus películas ni a sus célebres arrebatos. En 2013, su hija mayor, Pola Kinski, publicó unas memorias en las que acusaba a su padre de haber abusado sexualmente de ella durante años, desde su infancia hasta la adolescencia. Su otra hija, la actriz Nastassja Kinski, también habló públicamente de comportamientos abusivos de su padre cuando era niña y respaldó a su hermana. Kinski había muerto más de dos décadas antes (el 23 de noviembre de 1991 en California, a los 65 años) y no pudo responder a esas acusaciones.

De todas las maneras, sus películas siguen con nosotros, con su fuerza y sus contradicciones, aunque su historia personal también, y ambas forman parte de una memoria que merece ser examinada sin mitificaciones.´

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