España bajo las llamas: las claves de una crisis que se repite cada verano

 

                                          Foto Alonso Curiel 

España bajo las llamas: las claves de una crisis que se repite cada verano


El verano de 2026 está dejando una imagen desoladora en buena parte de España. Decenas de incendios forestales han obligado a evacuar a miles de personas, han arrasado miles de hectáreas de monte y han puesto en riesgo viviendas, explotaciones agrícolas y espacios naturales de enorme valor ecológico.

Las llamas han afectado especialmente a Ávila, Madrid, Toledo, Guadalajara, Castellón y, semanas atrás, al municipio almeriense de Los Gallardos, aunque prácticamente todas las comunidades autónomas permanecen en alerta por el elevado riesgo de incendios.

Pero cada verano asistimos a escenas parecidas: enormes columnas de humo visibles a decenas de kilómetros, carreteras cortadas, vecinos desalojados con lo puesto y centenares de bomberos luchando día y noche contra un enemigo que parece hacerse cada año más difícil de controlar.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué arde España una y otra vez?

Los incendios más preocupantes de estos últimos días

Uno de los incendios que más preocupación ha generado es el declarado en Navaluenga (Ávila), favorecido por unas condiciones meteorológicas adversas. El fuego avanzó con rapidez debido al fuerte viento y obligó a desplegar un importante dispositivo de extinción.

Otro de los grandes focos se produjo en el entorno de San Martín de Valdeiglesias (Madrid), donde las llamas llegaron a amenazar varias urbanizaciones y obligaron a desalojar a numerosos vecinos como medida preventiva.

A ellos se suman importantes incendios registrados en Toledo, Guadalajara y Castellón, donde las altas temperaturas y la vegetación completamente seca favorecieron una rápida propagación.

Semanas antes, el incendio de Los Gallardos (Almería) volvió a recordar la enorme vulnerabilidad del sureste español durante los episodios de calor extremo.

Aunque muchos de estos incendios han podido estabilizarse gracias al enorme esfuerzo de los servicios de emergencia, el riesgo este verano continúa siendo elevado mientras persistan las actuales condiciones meteorológicas.

España, un país vulnerable ante los incendios

España reúne casi todos los ingredientes para sufrir grandes incendios forestales. Posee millones de hectáreas de superficie forestal, un clima mediterráneo caracterizado por veranos secos y calurosos y una orografía que dificulta enormemente las labores de extinción.

Pero esta realidad siempre ha existido. Lo más preocupante es que los incendios actuales son mucho más intensos que hace unas décadas.

Los especialistas hablan ya de incendios de sexta generación, fuegos capaces de crear incluso sus propias condiciones atmosféricas, con enormes columnas de humo y temperaturas tan elevadas que hacen imposible atacarlos directamente durante determinadas fases. Estos incendios evolucionan con enorme rapidez y pueden recorrer varios kilómetros en pocas horas.

¿Por qué se producen los incendios forestales?

Cuando un gran incendio ocupa las portadas de los periódicos suele surgir la misma pregunta: ¿quién ha provocado el fuego? La respuesta no es sencilla. Los incendios forestales rara vez obedecen a una única causa. Normalmente son el resultado de varios factores que coinciden en el peor momento posible.

Una chispa puede ser el origen, pero el verdadero problema aparece cuando el monte está preparado para arder.

Aunque existe la creencia de que casi todos los incendios son intencionados, la realidad es más compleja. La mayoría de los incendios forestales en España tienen origen humano, pero eso no significa que todos hayan sido provocados deliberadamente.

Muchos comienzan por negligencias: una colilla arrojada desde un vehículo, una barbacoa mal apagada, una quema agrícola fuera de control, herramientas que producen chispas o incluso averías en tendidos eléctricos.

También existen incendios intencionados, aunque representan una parte menor del total. Detrás de ellos puede haber intereses económicos, conflictos personales, actos vandálicos o personas con trastornos psicológicos. Y además, en muchas ocasiones, nunca llega a conocerse con certeza quién inició el fuego.

A ello se suma otro problema: identificar el punto exacto donde comenzó es extremadamente difícil cuando las llamas ya han arrasado cientos o miles de hectáreas.

El calor extremo convierte el bosque en un polvorín

Las sucesivas olas de calor este verano están dejando temperaturas superiores a los 40 grados en numerosas zonas de España. Con este calor, la vegetación pierde gran parte de su humedad y se transforma en un combustible perfecto.

Un arbusto seco, una rama caída o un campo de hierba agostada pueden prender con enorme facilidad. Si además sopla el viento, el fuego encuentra el escenario ideal para propagarse a gran velocidad.

Los bomberos forestales suelen repetir una frase muy gráfica: el incendio no empieza cuando aparece la llama; empieza semanas antes, cuando el monte se seca.

La sequía multiplica el riesgo

España lleva años alternando periodos de lluvias escasas con episodios de temperaturas muy elevadas. Los árboles soportan un importante estrés hídrico, muchas plantas se secan antes de tiempo y el suelo pierde humedad. Todo ello hace que la vegetación arda con mucha más intensidad que hace algunas décadas.

En estas condiciones, un incendio pequeño puede convertirse en cuestión de minutos en un gran incendio forestal.

Los equipos de extinción temen también especialmente los cambios bruscos de viento porque no solo alimenta las llamas con más oxígeno, también transporta brasas a cientos de metros de distancia. Y esas brasas originan nuevos focos que rodean a los bomberos y dificultan enormemente las labores de control.

Por eso muchos incendios que parecían estabilizados vuelven a reactivarse horas después. Y en jornadas de fuerte viento, incluso los medios aéreos tienen dificultades para operar con seguridad.

El abandono del mundo rural

Uno de los grandes cambios de las últimas décadas ha sido la despoblación de amplias zonas ruralesDurante siglos, agricultores y ganaderos mantenían limpio el monte de forma natural. El ganado eliminaba parte del matorral. Se recogía leña. Se abrían caminos. Se limpiaban cortafuegos de manera casi permanente. Pero hoy muchas de esas tareas han desaparecido.

Como consecuencia, la vegetación crece sin control y se acumula una enorme cantidad de combustible vegetal. Y así, cuando llega el verano, basta una chispa para alimentar incendios de dimensiones gigantescas.

Un paisaje que ha cambiado

Paradójicamente, hoy existen más bosques que hace medio siglo. El abandono de muchas tierras agrícolas ha permitido que antiguos campos de cultivo vuelvan a cubrirse de árboles y matorrales. 

Desde el punto de vista ambiental puede parecer una buena noticia, pero si esos bosques no reciben ningún tipo de gestión forestal, terminan convirtiéndose en enormes masas continuas de vegetación muy difíciles de proteger frente al fuego.

Es decir, no basta con tener más árboles, también es necesario cuidar los montes durante todo el año.

El cambio climático: un multiplicador del problema

También tiene importancia el cambio climático. Los expertos llevan años advirtiendo de que el calentamiento global no es el origen directo del fuego, pero es el factor que está haciendo que los incendios sean cada vez más intensos, rápidos y difíciles de extinguir.

Los veranos son más largos. Las olas de calor aparecen antes, duran más tiempo y alcanzan temperaturas récord. Las lluvias son cada vez más irregulares y los periodos de sequía se prolongan durante meses. Así, el resultado es un paisaje mucho más vulnerable.

El enorme trabajo de quienes luchan contra el fuego

Cuando las llamas avanzan, toda la atención se centra en los medios de extinción. Bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadas helitransportadas, pilotos de hidroaviones y helicópteros, técnicos, voluntarios, Guardia Civil, Protección Civil y la Unidad Militar de Emergencias trabajan coordinadamente para intentar frenar el avance del fuego. Se trata de una labor extremadamente dura.

Las jornadas pueden prolongarse durante muchas horas bajo temperaturas sofocantes, con humo constante, terrenos escarpados y cambios imprevisibles del viento. Cada verano, estos profesionales arriesgan su vida para proteger la de los demás y evitar que las llamas alcancen viviendas y núcleos urbanos.

Las terribles consecuencias

Cuando un incendio arrasa una montaña no solo desaparece un paisaje. Miles de animales mueren atrapados por las llamas o pierden su hábitat; el suelo queda desprotegido y, cuando llegan las primeras lluvias, aumenta el riesgo de erosión y desprendimientosLas cenizas terminan en ríos y embalses, alterando la calidad del agua y afectando a numerosas especies.

Además, el bosque pierde durante años su capacidad para absorber dióxido de carbono, cuando más necesario resulta combatir el cambio climático. En muchos casos serán necesarias varias décadas para que la naturaleza recupere el aspecto que tenía antes del incendio.

Y hay ecosistemas especialmente frágiles que quizá nunca vuelvan a ser exactamente iguales.

Coste humano y económico

Los incendios no solo destruyen naturaleza: miles de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares sin saber cuándo podrán regresar; ganaderos y agricultores pierden explotaciones enteras; se destruyen cultivos, infraestructuras, maquinaria y animales, y el turismo se resiente en muchas comarcas cuya principal riqueza es su paisaje.

A ello se suman los enormes costes de extinción, restauración ambiental e indemnizaciones. Cada gran incendio supone pérdidas de millones de euros que podrían reducirse, en parte, con una mayor inversión en prevención.

La prevención, la mejor herramienta

Los especialistas coinciden en que apagar incendios es imprescindible, pero evitarlos es mucho más eficazPara ello es necesario actuar durante todo el año.

Mantener limpios los montes, crear y conservar cortafuegos, favorecer el pastoreo tradicional, eliminar el exceso de matorral, mejorar la vigilancia, invertir en gestión forestal y educar a la población son medidas que reducen considerablemente el riesgo.

También resulta fundamental extremar las precauciones durante el verano. Una imprudencia aparentemente insignificante puede acabar desencadenando una tragedia. Una colilla mal apagada, una quema realizada en un día de viento o una chispa producida por una herramienta pueden bastar para destruir en unas horas un bosque que ha tardado siglos en crecer.

En definitiva, los incendios que estos días mantienen en alerta a provincias como Ávila, Madrid, Toledo, Guadalajara, Castellón y otros muchos puntos de España vuelven a recordarnos que el fuego es uno de los grandes desafíos ambientales, sociales y económicos del país. Las imágenes de montañas envueltas en humo, vecinos evacuados y bomberos exhaustos no deberían convertirse en una rutina cada verano. 

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