Concepción de Estevarena: vida y obra de una de las grandes poetas españolas olvidadas
Concepción de Estevarena (1854-1876), una de las voces más prometedoras del Romanticismo español. Retrato publicado en La Ilustración Española y Americana (15 de diciembre de 1876). Dibujo de Félix Badillo y grabado de Arturo Carretero. Dominio público.
Concepción de Estevarena: vida y obra de una de las grandes poetas españolas olvidadas
Con apenas 22 años, la sevillana Concepción de Estevarena dejó una obra breve pero tan intensa como interesante, marcada por el amor, la libertad y la melancolía. Durante más de un siglo permaneció prácticamente olvidada, hasta que la crítica literaria comenzó a reivindicarla y reconocerla como una de las voces más valiosas del Romanticismo español
La duración de una vida no siempre determina la importancia de una obra. La historia de la literatura está llena de autores que murieron muy jóvenes y, aun así, dejaron una huella imborrable. Tenemos ejemplos como John Keats, Arthur Rimbaud o Mariano José de Larra. En España existe un nombre, mucho menos conocido, que merece ocupar un lugar entre ellos: Concepción de Estevarena.
Apenas aparece en los manuales escolares y son pocos los lectores que hoy podrían citar alguno de sus poemas. Sin embargo, quienes se acercan a su obra descubren una voz delicada, profundamente humana y moderna para su tiempo. Una poeta que escribió desde la intimidad y el dolor, sin imaginar que más de siglo y medio después alguien seguiría leyendo sus versos.
Una infancia marcada por la adversidad
Concepción de Estevarena nació en Sevilla el 10 de enero de 1854. Su nombre completo era Rafaela María de la Concepción de la Trinidad Estevarena Gallardo, una denominación extensa como era habitual en la España del siglo XIX.
Su infancia estuvo marcada por la desgracia. Perdió muy pronto a su madre y creció bajo la autoridad de un padre que veía con escaso entusiasmo la inclinación literaria de su hija, que se había convertido para ella en su forma de vida y de entender el mundo. En aquella sociedad, las mujeres que aspiraban a escribir no lo tenían fácil. La literatura seguía siendo un territorio predominantemente masculino y muchas jóvenes poetas, como Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y la propia Concepción, solo encontraban obstáculos.
De esta manera, Concepción de Estevarena escribía poemas en secreto. Algunas biografías relatan que, para no ser descubierta, anotaba versos en las paredes de su habitación, los memorizaba y después los borraba antes de que alguien pudiera leerlos. Es difícil saber cuánto hay de leyenda en esta historia, pero refleja bien las dificultades con las que muchas escritoras del siglo XIX tuvieron que convivir.
Una poeta romántica en el final del Romanticismo
Cuando Concepción comenzó a escribir, el Romanticismo español se encontraba en su etapa final. Habían desaparecido figuras como Espronceda y Larra, mientras que Gustavo Adolfo Bécquer acababa de morir en 1870.
Bécquer fue una de las influencias más visibles en la poesía de Estevarena. Como él, prefirió la emoción a la retórica grandilocuente. Sus versos buscan la musicalidad, la sencillez, la sugerencia y la expresión de los sentimientos antes que la exhibición erudita.
Pero reducirla a su discípula sería injusto. Su poesía posee una personalidad propia llena de frescura. En ella aparecen la naturaleza, la soledad, el paso del tiempo, el amor imposible, la esperanza, la búsqueda de la felicidad, la muerte y la libertad, temas que adquieren un tono íntimo y sincero que logra conmover. Y es que no escribe para impresionar al lector, lo hace porque necesitaba hacerlo.
La tragedia de la enfermedad
La tuberculosis fue una de las grandes tragedias del siglo XIX. Antes del descubrimiento de los antibióticos, la enfermedad acabó con la vida de miles de personas, entre ellas numerosos artistas y escritores.
Concepción de Estevarena no escapó a este amargo destino. Tras la muerte de su padre, le faltó el sustento económico y por ello abandonó Sevilla para marcharse a Jaca, donde residían algunos familiares. Allí, cuando apenas tenía 22 años, falleció el 11 de septiembre de 1876. Su muerte pasó desapercibida para el gran público. Sin embargo, apenas unos meses después, comenzaron los primeros intentos por evitar que su obra cayera en el olvido.
Últimas flores, un libro para vencer al olvido
Los amigos y admiradores de la joven poeta comprendieron que aquellos versos no podían desaparecer. Así, en 1877 reunieron gran parte de su producción en un volumen titulado Últimas flores, publicado en Sevilla por la Imprenta de Gironés y Orduña.
La obra incluía un prólogo, una corona poética escrita en homenaje a la autora y un hermoso retrato grabado que la mostraba con la serenidad propia de las imágenes decimonónicas. Gracias a aquella edición, la mayor parte de su poesía logró sobrevivir. Además, el título elegido no podía ser más acertado: las "últimas flores" simbolizaban la belleza efímera de una vida truncada muy pronto, pero también la permanencia de una obra capaz de seguir floreciendo cuando su autora ya no estaba.
Sin embargo, aquel primer homenaje no bastó para garantizar su presencia en la historia de la literatura. Durante más de un siglo, su nombre volvió a quedar relegado a un discreto segundo plano, hasta que investigadores y especialistas comenzaron a rescatar su figura y a reivindicar la calidad de sus versos.
Del olvido al reconocimiento
La recuperación de su legado comenzó a finales de la década de 1970. En 1979, la investigadora Diana Ramírez de Arellano publicó un estudio dedicado a la poeta que despertó de nuevo el interés de los especialistas y marcó el inicio de su redescubrimiento académico.
Aquel impulso se consolidó en los años noventa gracias a nuevos estudios sobre la literatura escrita por mujeres, especialmente con los trabajos de la hispanista Susan Kirkpatrick, que reivindicó la importancia de Estevarena dentro de la poesía romántica española. Desde comienzos del siglo XXI, diversas investigaciones universitarias, reediciones de Últimas flores y nuevas antologías han contribuido a situarla en el lugar que merece.
Hoy, aunque todavía es una autora poco conocida para el gran público, la crítica la considera una de las voces femeninas más interesantes del Romanticismo español. Su poesía ha dejado de ser una rareza bibliográfica para convertirse en una obra cada vez más leída y estudiada, demostrando que el talento puede sobrevivir al paso del tiempo y al silencio de la historia.
Dos poemas de Concepción de Estevarena
LIBERTAD
En cuanta extensión inunda
el sol con su luz dorada,
la libertad es amada
con una pasión profunda,
un canto en su honor entona,
y bien la fama pregona
que, aunque destronarla intenten,
tienen en las almas que sienten
un trono y una corona.
La libertad presta aliento
al pensamiento que crea,
porque es la primera idea
que brota en el pensamiento;
ella es luz y es sentimiento,
y es fuerza que la respeten,
pues, aunque su marcha inquieten
almas a su luz ajenas,
no habrá quien labre cadenas
que a la libertad sujeten.
¡Libertad, lazo de amor,
talismán que honra y escuda,
la humanidad te saluda
como a su gloria mejor!
No pierdes en esplendor,
aunque al verte victoriosa
te promuevan guerra odiosa;
que aun siendo tus penas muchas
sales de las nuevas luchas
más radiante y más hermosa.
AYER Y HOY
—¿Qué es la existencia, y qué es un juramento?
—te dije ayer, y respondiste tú—:
un juramento es dar la fe de un alma,
y la vida es amor, amor y luz.
Hoy, lo mismo que ayer, yo te pregunto
y sonriendo me respondes ya:
—Un juramento, un eco que se pierde;
la vida, horas que llegan... y se van.
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