Recuerdos del silencio
PARA LOS QUE VIVIMOS EN LA CIUDAD, ESCUCHAR EL SILENCIO, el auténtico silencio al que no estamos acostumbrados, es una utopía. Pero, a veces, no sé cómo, sin explicación, aparece.
Algunas ocasiones, en la madrugada, abres la ventana o sales al balcón o aparcas el coche en alguna avenida solitaria y no llega hasta ti el ruido de ningún vehículo, ni los pasos apresurados de alguien que vuelve a su apartamento, ni los gritos de un grupo de jóvenes. Ni por escucharse se escucha el rodar de una lata vacía arrastrada por el viento.
Esto me hace recordar, irremediablemente, a las noches de verano de mi infancia y adolescencia en el pueblo de mis abuelos donde pasaba las vacaciones. Me acuerdo que, tumbado bocarriba y a oscuras en la cama, mirando el tenue reflejo de la farola encendida de la calle en el techo de la habitación, me sorprendía escuchar aquella ausencia del más mínimo sonido, tan extraño para los que éramos de ciudad. Y me inquietaba, hasta tal punto que a veces llegaba a atemorizarme.
El silencio era el vacío, el vértigo. Adrentarse en un terreno en el que no podía encontrar ninguna ayuda para no caer.
Y recuerdo que en aquellas noches -con 15 y 16 años- pasaba ratos terribles de insomnio y desasosiego, en los que pensaba en el futuro, y una grieta abismal y oscura se abría delante de mí. ¿Cómo iban a ser los años futuros? ¿Por dónde debía transitar para tener un sentido y no ahogarme en la vulgaridad o en el desastre? ¿Quién era yo realmente y cuándo lo iba a descubrir?
Esas preguntas me llegaban una y otra vez, golpeándome sin descanso en aquellas horas oscuras de calor, convertido en un habitante de un territorio de angustia llamado silencio.
Aquellas noches no las olvidaré. Noches en las que sentía la vida como un hierro candente que penetraba sin ningún pudor en la carne ansiosa y palpitante.
Por eso, en las madrugadas que descubro el silencio más absoluto de la ciudad, recuerdo aquellas otras madrugadas. Aunque también, ahora, inevitablemente, pienso en todo lo que he vivido, leído y escrito, y me digo que no todo ha sido en balde: no se parecen aquellas noches a estas, y puedo escuchar el resonar de mis pasos firmes en el camino de la noche.
Un camino lleno de sombras, de reflejos, pero también de luz.

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