Las mentiras de Pedrito o la necesidad de inventar el mundo
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Las mentiras de Pedrito o la necesidad de inventar el mundo
A Pedrito lo conocí en los veranos de la infancia, en el pueblo de calles polvorientas de mi abuela en Castilla, cuando los días parecían interminables y manteníamos la ilusión intacta. Era nieto de un pastor del pueblo, de esos hombres que conocían el ritmo de las estaciones en el campo más que por los calendarios colgados en las cocinas humildes o en las salas de estar con sillas antiguas de madera.
Desde muy pequeño, el bueno de Pedrito tenía una habilidad peculiar: inventarse la vida, o mejor dicho, mentía más que hablaba. Pero no lo hacía de manera grandiosa, no como esos fabuladores que construyen epopeyas, sino que mentía en lo más pequeño, en lo cotidiano. Decía que había visto cosas que no había visto, que había estado con sus padres en lugares donde nunca estuvo, que en las noches jugaba con su abuelo a juegos que nunca jugaba, sobre todo porque aquel buen pastor terminaba exhausto de las labores diarias y solo quería cenar y acostarse en la cama. Pero lo decía con tal naturalidad que al principio le creía, pero pronto me di cuenta de que algo chirriaba, aunque nunca se lo dije porque lo hacía sin malicia y me provocaba cierta ternura; además, cada vez que lo hacía, siempre miraba a un punto fijo en el cielo entrecerrando sus pequeños ojillos y acariciándose el lóbulo de su oreja derecha de soplillo.
Y es que Pedrito llevaba a cabo una de las características de nuestra condición humana, que no poseen los animales, y que todos de algún modo hemos practicado y practicamos: el arte de deformar la verdad o, sencillamente, nuestra capacidad de fabular, de mentir. Y lo hacemos no siempre por maldad, sino por necesidad, por protección, por costumbre o hasta por validación. Mentimos a diario y a diario nos mienten, y sin embargo nos escandalizamos cuando la mentira se revela, como si no formara parte de nuestra propia respiración moral.
Tal vez el problema no sea la mentira en sí, sino la ingenua pretensión de pensar que podemos vivir sin ella, que algún día, en nuestra ilusión utópica, lleguemos a vivir en un mundo sin mentiras. Como si la verdad fuese nuestro estado ideal, cuando sabemos que nunca será posible y, sin embargo, lo perseguimos ansiosos y nos escandalizamos al descubrir el engaño. En nuestra esencia —aunque nos incomode reconocerlo— habita también la capacidad de mentir. No como condena, sino como posibilidad humana. Y quizá entender eso nos haría menos furiosos, menos expeditivos cuando descubrimos este pecado.
Los niños, por ejemplo, como Pedrito, mienten con facilidad, sin muchos remordimientos. Inventan porque aún no han aprendido a distinguir del todo entre lo que es y lo que podría ser. Y en esa mezcla hay una forma primitiva de libertad. Un niño que dice haber volado, o haber visto un monstruo bajo la cama, no siempre engaña, quizá lo que hace es explorar e intentar anclarse en la realidad. Luego la vida va afinando esa frontera, la va endureciendo, y la mentira deja de ser juego para convertirse en una herramienta, en defensa o máscara.
También están las pequeñas mentiras que todos practicamos, casi invisibles, las que nacen del cuidado para no herir. La palabra suavizada y necesaria para no romper algo frágil, las que evitan el daño. Esa mentira social, educada, que desea no romper la convivencia con brusquedad, y que son entendibles. Aunque las que menos toleramos son las que practican los políticos, o las que logran consecuencias dramáticas, dañándonos, y esto ya es harina de otro costal que exigen, seguramente, la total desconfianza, la firmeza.
Sin contar estas últimas, siempre me ha resultado difícil aceptar la reacción automática que solemos tener ante la mentira descubierta. Esa necesidad de condena inmediata, de ruptura definitiva, de sentencia moral. Como si no supiéramos que también nosotros hemos habitado ese mismo territorio, aunque sea en escalas distintas o con justificaciones más elaboradas. Como si no formara parte de nosotros.
No se trata de justificarlo todo, como ya he dicho. Pero entre ese extremo y la pureza imposible de la verdad absoluta, hay una vasta región humana en la que todos nos movemos, y tenemos que entenderlo.
Y quizá la madurez consista en eso: en aprender a distinguir, en desconfiar sin lapidar, en entender que la mentira no es una anomalía del sistema, sino una de sus capas más antiguas con la que tenemos que convivir, a la que, lo más recomendable, sería acostumbrarnos y aprender a gestionarla. Como una sombra que nunca desaparecerá en nuestra condición de seres frágiles y contradictorios, temerosos.
Sombras que somos también nosotros mismos, como decía Pessoa en El Libro del desasosiego, errantes en un mundo de reflejos, incesantes en su empeño de sobrevivir, sin dejar de aspirar, al mismo tiempo, a ser comprendidos y valorados.
Pedrito, si lees este artículo, no te enfades. Tenemos que vernos pronto, ya hace dos años que no quedamos. Y miénteme, no te preocupes, porque lo sigues haciendo con tanta gracia como lo hacías en aquellos veranos inolvidables, en los que despertamos al mundo, repletos de luz verdadera.
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