Los falsos diarios de Hitler: la gran mentira que engañó al periodismo mundial
Konrad Kujau, falsificador de los supuestos diarios de Hitler, en su galería de Stuttgart en 1992. Fotografía: Telephil / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. |
Los falsos diarios de Hitler: la gran mentira que engañó al periodismo mundial
En abril de 1983, la revista alemana Stern anunció uno de los mayores descubrimientos históricos del siglo XX: los supuestos diarios privados de Adolf Hitler. Eran 62 cuadernos que, de ser auténticos, podían ofrecer una visión íntima del dictador nazi y arrojar nueva luz sobre los años más oscuros de la historia europea. Pero los diarios eran falsos: detrás de aquella gigantesca estafa estaba Konrad Kujau, un hábil falsificador que consiguió engañar durante meses a periodistas, expertos e historiadores
La historia comenzó con Gerd Heidemann, periodista de Stern especializado en el nazismo y fascinado por los objetos relacionados con el Tercer Reich. A comienzos de los años ochenta entró en contacto con un hombre que se hacía llamar Konrad Fischer, aunque su verdadero nombre era Konrad Kujau. El falsificador aseguró que había tenido acceso a documentos procedentes de una colección secreta relacionada con Hitler y construyó alrededor de los cuadernos una historia tan novelesca como atractiva que parece digna de una novela de espionaje.
Según la versión de Stern, los diarios habrían sido recuperados de los restos de un avión nazi estrellado en Alemania Oriental y posteriormente sacados de manera clandestina de la República Democrática Alemana.
La supuesta operación estaba rodeada de secretos, intermediarios y arriesgados intercambios. En uno de los relatos que llegaron a circular, los documentos se entregaban entre vehículos en una autopista mientras el dinero cambiaba de manos. Cuando aquel procedimiento resultó demasiado peligroso, aparecieron otras supuestas vías de contrabando, hasta diarios escondidos dentro de pianos. Todo formaba parte de una historia cuidadosamente construida para hacer creer que aquellos cuadernos habían sobrevivido ocultos durante décadas.
9,3 millones de marcos alemanes
Stern llegó a comprar 62 volúmenes por 9,3 millones de marcos alemanes, una cuantiosa cantidad para la época. La revista estaba convencida de haber encontrado una exclusiva capaz de cambiar la historia. Pero el problema fue que aquella inversión millonaria terminó convirtiéndose en una especie de trampa psicológica: cuanto más dinero se había pagado, más difícil resultaba admitir que quizá los documentos no fueran auténticos.
El 25 de abril de 1983, Stern presentó públicamente los supuestos diarios y el mundo periodístico puso sobre ellos el foco de atención. Entre quienes inicialmente consideraron auténticos los documentos se encontraba Hugh Trevor-Roper, uno de los grandes historiadores británicos de la Segunda Guerra Mundial y autor de The Last Days of Hitler. Sin embargo, las dudas comenzaron pronto a aparecer. La procedencia de los documentos no estaba clara y algunos expertos empezaron a cuestionar las pruebas utilizadas para acreditar su autenticidad. Lo que parecía una certeza comenzó a convertirse en una carrera contrarreloj para descubrir qué había detrás de aquellos cuadernos.
El papel descubrió la mentira
La respuesta llegó en un laboratorio. Los análisis demostraron que el papel y otros materiales empleados en los diarios no correspondían al periodo nazi. Las pruebas científicas demostraron que los cuadernos habían sido fabricados después de la Segunda Guerra Mundial, y la propia Stern lo reconocería después.
Kujau terminó confesando y lo hizo con una última muestra de ironía. Según informó El País en mayo de 1983, el falsificador escribió su confesión imitando la letra de los diarios y la firmó con estas palabras: «Con el testimonio de mi consideración más distinguida. Adolfo Hitler, alias Konrad Kujau».
Pero el escándalo no terminó con Kujau. También alcanzó a Heidemann y a la propia Stern. Las investigaciones judiciales trataron de determinar qué había ocurrido con los millones pagados por los documentos y qué papel había desempeñado el periodista en aquella operación. El País informó entonces de las enormes cantidades entregadas por la revista y de las discrepancias sobre el dinero que había recibido realmente Kujau. En 1985, tanto el falsificador como el periodista fueron condenados a penas de prisión superiores a cuatro años.
¿Quién era Konrad Paul Kujau?
Para entender cómo pudo construirse aquella enorme mentira hay que detenerse en el hombre que estaba detrás de ella. Konrad Paul Kujau había nacido en 1938 en Löbau, en la entonces Alemania oriental, y desde joven mostró fascinación por el nazismo y por la figura de Hitler.
Durante los años setenta comenzó a moverse en ambientes relacionados con el coleccionismo de objetos del Tercer Reich y descubrió que podía ganar dinero fabricando aquello que otros deseaban conseguir. Entonces comenzó a vender documentos y objetos falsificados y llegó a convertirse en un conocido proveedor para coleccionistas.
A mediados de los años setenta llegó incluso a elaborar un falso diario del dictador que serviría como modelo o ensayo para las falsificaciones posteriores. Había estudiado la escritura de Hitler y no se limitaba a imitarla: también inventaba procedencias, construía historias alrededor de los objetos y procuraba que cada detalle contribuyera a crear autenticidad. Cuando la policía investigó el caso de los diarios, aparecieron además otras falsificaciones atribuidas a grandes maestros de la pintura. Kujau no era, por tanto, un hombre que hubiera decidido solo fabricar unos diarios; ya llevaba años perfeccionando el arte de crear un pasado inexistente.
Pero lo más sorprendente ocurrió cuando Kujau salió de prisión en 1988 por el asunto de los diarios. Convertido en una figura célebre por sus apariciones en televisión hablando sobre falsificaciones, explotó su propia fama y comenzó a vender en Stuttgart pinturas realizadas por él mismo como «falsificaciones originales de Kujau». Imitaba a maestros como Monet, Klimt, Gauguin o Rembrandt, esta vez sin ocultar que se trataba de copias. Y en sus últimos años abrió también una galería en Mallorca y continuó trabajando hasta su muerte en Stuttgart, en septiembre de 2000, a los 62 años.
La lección que dejó el engaño
Lo más interesante de los falsos diarios de Hitler no es solamente la habilidad de Kujau para fabricar documentos. La verdadera pregunta es cómo consiguió que tantas personas estuvieran dispuestas a creerlos.
En 1983 no existían internet ni las redes sociales, pero ya funcionaba el mismo mecanismo que hoy conocemos: una información extraordinaria consigue llamar la atención, los medios comienzan a reproducirla, la repetición genera la sensación de credibilidad y la presión por ser el primero puede terminar debilitando la obligación de comprobar. La mentira de Kujau demuestra que una mentira solo debe encontrar a alguien dispuesto a creerla.
De esta manera, los falsos diarios de Hitler no cambiaron nuestra visión del nazismo. Pero dejaron una advertencia que sigue vigente más de cuarenta años después: la credibilidad de una historia no depende de lo fascinante que resulte, sino de la solidez de las pruebas que permiten demostrarla.
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