Cuando la justicia aprende de las máquinas: reflexiones sobre la inteligencia artificial en los tribunales

 


Cuando la justicia aprende de las máquinas: reflexiones sobre la inteligencia artificial en los tribunales


"La justicia sin fuerza es impotente; la fuerza sin justicia es tiranía."
Blaise Pascal


Hubo un tiempo en que imaginar un juez consultando a una inteligencia artificial antes de dictar sentencia habría parecido el argumento de una novela de ciencia ficción, quizá escrita por Isaac Asimov, donde la tecnología parecía capaz de adelantarse incluso al delito. Pero el futuro tiene la curiosa costumbre de llegar sin hacer demasiado ruido.

Mientras discutimos si la inteligencia artificial escribirá novelas, compondrá sinfonías o sustituirá determinados empleos, en algunos países ya forma parte del sistema judicial. No ocupa el estrado ni viste una toga, pero analiza expedientes, busca jurisprudencia, redacta borradores de resoluciones e incluso ayuda a valorar el riesgo de reincidencia de un acusado.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial llegará a los tribunales. La verdadera cuestión es mucho más profunda: ¿hasta qué punto queremos que participe en una de las actividades más humanas que existen: impartir justicia?

La justicia se digitaliza

Los sistemas judiciales de todo el mundo comparten un problema casi universal y que no es otro que la lentitud. Millones de expedientes se acumulan en juzgados desbordados, mientras ciudadanos y empresas esperan durante meses —a veces años— una resolución. En este contexto, la inteligencia artificial aparece como una herramienta prometedora.

Su capacidad para analizar enormes cantidades de información en pocos segundos resulta especialmente útil para tareas repetitivas como localizar sentencias similares, clasificar documentos, detectar errores administrativos o elaborar borradores que después revisan los magistrados. No se trata, al menos de momento, de que una máquina sustituya al juez. Se trata de que le ayude.

Y, visto así, parece difícil oponerse. Después de todo, nadie cuestiona que un médico utilice tecnología para realizar un diagnóstico o que un arquitecto recurra a sofisticados programas de diseño. ¿Por qué la justicia habría de permanecer ajena a la revolución tecnológica?

La respuesta comienza a complicarse cuando la máquina deja de limitarse a organizar información y empieza a influir en las decisiones. Sí, has leído bien, a las decisiones.

China: cuando los tribunales también son inteligentes

Si hay un país que ha convertido esta idea en una realidad cotidiana, ese es China. Desde hace años desarrolla los llamados tribunales inteligentes, donde la inteligencia artificial participa activamente en distintas fases del proceso judicial. Algunos sistemas recomiendan la legislación aplicable, buscan precedentes similares y redactan documentos jurídicos basándose en millones de resoluciones anteriores.

China también creó los Tribunales de Internet, especializados en conflictos relacionados con el comercio electrónico, la propiedad intelectual y las plataformas digitales. En muchos casos, todo el procedimiento puede realizarse en línea: desde la presentación de la demanda hasta la celebración de la vista mediante videoconferencia. Incluso existen asistentes virtuales capaces de orientar al ciudadano y responder preguntas legales sencillas.

Desde el punto de vista de la eficiencia, los resultados parecen notables.

Pero toda innovación tiene un precio.

Diversos organismos internacionales y especialistas en derechos humanos han expresado su preocupación por la escasa transparencia de algunos algoritmos y por el riesgo de que una automatización excesiva termine debilitando la independencia judicial, ya que una cosa es utilizar una herramienta informática y otra muy distinta dejar que esa herramienta condicione el criterio humano.

Estados Unidos y el algoritmo que generó un debate

Quizá el ejemplo más conocido sea el sistema COMPAS, utilizado durante años en distintos estados norteamericanos. Su misión consiste en calcular la probabilidad de que una persona vuelva a delinquir o incumpla determinadas medidas judiciales. Esta estimación puede influir en decisiones tan delicadas como la libertad provisional o la fijación de una fianza.

El problema surgió cuando una investigación periodística cuestionó la imparcialidad del sistema, al detectar posibles sesgos raciales en sus predicciones.

El caso abrió un debate que sigue plenamente vigente.

Y es que, ¿puede un algoritmo ser objetivo? ¿O simplemente reproduce los prejuicios contenidos en los datos con los que ha aprendido?

Al fin y al cabo, la inteligencia artificial no inventa el mundo, solo aprende de él. Y si ese mundo es imperfecto, existe el riesgo de que sus conclusiones también lo sean.

Estonia y Brasil: dos caminos diferentes

No todos los países utilizan la inteligencia artificial del mismo modo.

Estonia, uno de los Estados más digitalizados del planeta, lleva años experimentando con sistemas destinados a resolver litigios de pequeña cuantía, aquellos donde apenas existe discusión jurídica y la aplicación de la ley resulta relativamente sencilla.

Brasil, por su parte, afronta un desafío diferente: gestionar uno de los mayores volúmenes de procedimientos judiciales del mundo. Para aliviar esa enorme carga de trabajo, sus tribunales emplean herramientas capaces de clasificar recursos, localizar precedentes y agrupar miles de casos similares.

En ambos ejemplos la finalidad es la misma: ahorrar tiempo para que los jueces puedan dedicar más atención a aquellos asuntos donde resulta imprescindible el juicio humano.

Europa prefiere caminar con prudencia

En Europa el debate adopta un tono mucho más cauteloso. La nueva legislación europea sobre inteligencia artificial considera que los sistemas utilizados en el ámbito judicial pertenecen a la categoría de alto riesgo. Y no es una casualidad.

Cuando una decisión afecta a la libertad, al patrimonio o a los derechos fundamentales de una persona, la transparencia deja de ser una simple virtud tecnológica para convertirse en una exigencia democrática. Por eso, la supervisión humana continúa siendo un requisito esencial. La inteligencia artificial puede ayudar, pero no debe decidir por sí sola.

La justicia no son solo datos

Existe una tentación muy moderna, y es pensar que todo problema puede resolverse con más información. Sin embargo, la justicia nunca ha consistido únicamente en aplicar normas, porque también exige escuchar, interpretar silencios, comprender circunstancias y valorar intenciones. Es decir, percibir aquello que no siempre aparece escrito en un expediente.

Un algoritmo puede comparar millones de sentencias en apenas unos segundos. Lo que todavía no puede hacer es comprender el arrepentimiento sincero de una persona, la desesperación que llevó a otra a cometer un error o el complejo entramado emocional que suele esconderse detrás de los conflictos humanos.

Como escribió Aristóteles hace más de dos mil años: "La equidad es la justicia corregida allí donde la ley resulta insuficiente."

Quizá esa frase conserve hoy más vigencia que nunca, y es que la equidad se aprende viviendo.

El verdadero desafío

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Es obvio que no existe marcha atrás. Negarse a utilizar una herramienta capaz de agilizar los tribunales sería tan absurdo como renunciar al ordenador para volver a escribir las sentencias con una máquina de escribir.

Pero también sería ingenuo pensar que un algoritmo puede sustituir el criterio humano. Porque la tecnología puede calcular, pero ¿juzgar?

Quizá el gran reto de este siglo sea conservar intacta nuestra inteligencia moral, ya que cuando una sentencia cambia la vida de un ser humano, no basta con que sea rápida. Necesitamos seguir creyendo que también es justa. Y esto por ahora tiene un rostro humano.

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