Manías de escritores: los rituales más excéntricos de la historia de la literatura


El escritor francés Marcel Proust


Manías de escritores: los rituales más excéntricos de la historia de la literatura

 
Se suele decir que los escritores son raros. Y lo cierto es que, si uno se asoma a sus hábitos de trabajo, encuentra pruebas suficientes para sostener la teoría. Desde escribir desnudo hasta hacerlo dentro de un coche aparcado, pasando por dormir de día y trabajar de noche o alinear lápices como si fueran instrumentos quirúrgicos. ¿Superstición? ¿Disciplina? ¿Neurosis creativa? Quizá un poco de todo. Este es un recorrido —con nombres y apellidos— por algunas de las manías más curiosas de la historia de la literatura 

 

No es de extrañar que pensemos que los escritores son excéntricos. El oficio consiste en sentarse a solas durante horas para inventar mundos, escuchar voces que no existen y discutir con personajes imaginarios. Algo de rareza viene incluido en el contrato. 

Pero lo verdaderamente fascinante no es lo que escriben, sino cómo lo hacen. 

Porque para muchos autores, escribir es un también un ritual. 

Escribir de pie, y hasta incluso desnudo 

El caso de Ernest Hemingway es legendario. Escribía de pie, apoyado en un atril o en una estantería alta. Decía que así mantenía la energía y la concentración. Además, llevaba la cuenta exacta de las palabras que producía cada día. Disciplina casi militar. Castrense. 

También trabajaba de pie Virginia Woolf, que utilizaba un escritorio elevado. En su caso, la postura simbolizaba su necesidad de un espacio propio, una afirmación física de independencia. 

Más extremo fue el francés Victor Hugo. Cuando necesitaba concentrarse para cumplir plazos, pedía que le escondieran la ropa y escribía prácticamente desnudo en su casasin excusas para salir. Método radical contra la procrastinación. 

Noches interminables y aislamiento 

Para otros, el silencio es sagrado. 

Franz Kafka escribía de madrugada, después de su triste jornada laboral en la oficina. Necesitaba la quietud absoluta de la noche para poder concentrarse. Dormía poco, pero encontraba en esas horas oscuras el único momento verdaderamente suyo. 

El aislamiento alcanzó niveles casi obsesivos en Marcel Proust, quien escribió buena parte de su obra en una habitación forrada de corcho para aislarse del ruido. También trabajaba de noche, rodeado de este silencio y de su propio universo mental. 

Muy distinto era el caso de Truman Capote, que afirmaba no poder escribir si no era tumbado en la cama. Se definía como “un escritor completamente horizontal”. Café, cigarrillos y almohadas eran parte inseparable del proceso. 

Disciplina de atleta 

Algunos rituales no tienen que ver con la postura, sino con la repetición. 

Haruki Murakami mantiene una rutina casi monástica cuando trabaja en una novela. Se levanta a las cuatro de la mañana, escribe durante cinco o seis horas, luego corre diez kilómetros o nada durante una hora. Repite este ciclo cada día durante meses. Para él, la repetición genera una especie de trance creativo. 

También John Steinbeck tenía su pequeña obsesión: escribía con lápices perfectamente afilados y alineados. Usaba muchos cada día, y el acto de afilarlos formaba parte del proceso. No era solo herramienta, era preparación mental. 

Así, la disciplina, en estos casos, funciona como una puerta de entrada al estado creativo. El cuerpo aprende el camino antes que la mente. 

Cafeterías, coches y habitaciones de hotel 

No todos necesitan silencio absoluto. Algunos escritores trabajan mejor en medio del ruido. 

J.K. Rowling escribió buena parte del primer libro de Harry Potter en cafeterías de Edimburgo. El murmullo constante le resultaba estimulante. El bullicio, lejos de distraerla, la ayudaba. 

Vladimir Nabokov redactaba sus novelas en fichas sueltas, muchas veces dentro de su coche estacionado. El automóvil era su oficina portátil, su cápsula de concentración. Bastante curioso. 

Por su parte, Maya Angelou alquilaba habitaciones de hotel para trabajar. Retiraba cuadros y objetos decorativos y escribía allí, lejos de su casa, con una Biblia y un diccionario como únicas compañías. 

Amuletos y supersticiones 

Algunos rituales rozan directamente la superstición. 

Gabriel García Márquez necesitaba tener flores amarillas en su escritorio, convencido de que le traían buena suerte. 

James Joyce, que sufría graves problemas de visión, escribía con lápices azules sobre papel blanco y, en ocasiones, tumbado boca abajo. Sus limitaciones físicas moldearon su ritual. 

¿Son manías? Sí. Pero a juzgar por sus obras, parece que funcionaban. 

¿Excentricidad o mecanismo de defensa? 

Vistas en conjunto, estas costumbres pueden parecer extravagantes. Pero comparten un mismo objetivo: reducir el caos para centrarse en la creación. 

Escribir implica enfrentarse a la incertidumbre. A la página en blanco. A la posibilidad de no estar a la altura. El ritual es una forma de control de todas estas debilidades. Si el entorno está bajo dominio —la postura, el horario, el objeto fetiche— al menos una parte del proceso se vuelve previsible. 

Ya sabemos que el cerebro agradece las rutinas. Repetir una conducta antes de escribir crea una asociación automática: “Ahora empieza el trabajo”. Con el tiempo, el cuerpo entra en estado creativo casi sin resistencia. 

El problema surge cuando la manía se convierte en excusa. Cuando sin la taza concreta, el lápiz exacto o el silencio absoluto ya no es posible escribir. 

La mayoría de estos autores, sin embargo, demostraron que podían hacerlo incluso si el ritual fallaba. El talento no depende de una flor amarilla ni de una postura determinada, pero ayuda. 

Tal vez por eso nos fascinan tanto estas historias. Nos recuerdan que incluso los grandes nombres de la literatura eran profundamente humanos: necesitaban pequeños trucos para enfrentarse a la misma inseguridad que cualquiera que se siente ante una página vacía. Quizá la verdadera rareza no sea tener rituales. Quizá lo extraño sería no necesitar ninguno. 

Al final, cada escritor establece su pequeño pacto con la inspiración. Algunos lo llaman manía; otros, método. Y casi todos, en el fondo, saben que lo importante no es cómo se empieza, sino sentarseescribir y acabar el trabajo. 

 

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