"Madrugadas de radio" (13 Febrero: Día Internacional de la Radio)




                               Madrugadas de radio 

 

Hoy, 13 de febrero, en el Día Mundial de la Radio, recuerdo aquellas lejanas madrugadas de los lunes cuando, siendo solo un adolescente perdido, una voz femenina que recitaba en las ondas me sostuvo frente al miedo y la incertidumbre. La radio fue entonces compañía, revelación y destino


Sucedía en las madrugadas de los lunes. Tras el triste domingo se abría el amanecer de una nueva semana como un túnel interminable y oscuro, vertiginoso, repleto de dudas, siempre las dudas. Ocurría en esas horas frías del invierno. La lluvia golpeaba los cristales. Despertaba minutos antes de las cuatro, después de un breve sueño poco reparador. 

Entonces encendía la radio para escuchar aquel programa en el que, durante casi una hora, una inolvidable voz de mujer madura recitaba poemas con un fondo musical lleno de melancolía. ¿De dónde surgían aquellos versos y aquella voz profunda, tan insólita y estremecedora? ¿De qué lugar desconocido? 

No saben lo que hicieron en aquel adolescente repleto de miedo, impactado ante una realidad inexplicable. 

Los libros me acercaban al misterio, y aquella mujer también lo hacía: al enigma de la vida, al desconcierto de lo que me rodeaba y al intenso y resplandeciente misterio de la literatura y del arte. Los poemas de Federico García Lorca, Gerardo Diego, Ángel González, resonaban en la habitación oscura y en el silencio de la casa, provocando extraños ecos en lo más profundo de mí. Mientras fuera, las calles eran un desierto y llovía, y hacía frío. Siempre la lluvia, siempre el frío. 

No existía nada más en el mundo que aquella voz inquietante que me descubría un camino: mi camino de sensibilidad y asombro. 

¿Dónde estará ahora aquella mujer, dónde su voz, que hizo tanto por mí o que quizá, quién sabe, apagó mi vida para siempre? Los poemas permanecen; las personas marchan. El arte es largo. Breve es la vida. 

Después apagaba la radio y en aquella oscura perplejidad me quedaba dormido con la convicción de saber un poco más de mí, aunque sin dejar de ser el pasajero de una balsa inestable en un océano de dudas del que nunca llegaría a tierra. Quién era yo entonces. En qué lugar se quedó. Sé que soy lo que fui, y que seré lo que soy. 

Unas horas después despertaba con sueño, cansado, con un vago temblor. Miraba por la ventana y comprobaba que el mundo no había desaparecido. Las calles volvían a poblarse de manera inesperada. Trémula luz de una nueva semana. 

Con el paso de los años pienso muchas veces en aquellas noches: madrugadas de descubrimiento en las que entendí nuestra condición solitaria y que nuestra asignatura más difícil es aprender a conocernos. Madrugadas de un chico perdido y asombrado, en las que hallé en una voz que viajaba en las ondas —desde algún lugar lleno de milagros— el regalo que necesitaba: compañía, caricia y comprensión. 

Aún hoy la radio me acompaña cada noche. Y sigue siendo un lugar de milagros que nunca decepciona. 

 

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