El hielo, la radiación y el origen de la vida: lo que el asteroide Bennu acaba de revelar

 

Imagen del asteroide Bennu


El hielo, la radiación y el origen de la vida: lo que el asteroide Bennu acaba de revelar


Un análisis de las muestras del asteroide Bennu descubre que algunos aminoácidos —los bloques básicos de las proteínas— pudieron formarse en entornos helados y radiactivos del sistema solar primitivo, y no solo en agua líquida templada como se creía hasta ahora. El hallazgo amplía el mapa de posibles escenarios donde comenzó la química de la vida


Durante mucho tiempo, la ciencia ha buscado reconstruir cómo surgieron las primeras moléculas esenciales para la vida. Una de las ideas más extendidas era que los aminoácidos se formaban en ambientes relativamente suaves, con agua líquida y temperaturas moderadas, condiciones similares a las que pudo tener la Tierra primitiva.

Sin embargo, Bennu —un asteroide de 4.600 millones de años, tan antiguo como el propio sistema solar— está obligando a revisar esa visión.

Las muestras recogidas y traídas a la Tierra por una misión de la NASA y analizadas por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania han revelado que la química de la vida pudo empezar en lugares mucho más extremos de lo que se pensaba.

Los ladrillos invisibles de la biología

Entre los compuestos hallados en las rocas de Bennu destaca la glicina, el aminoácido más simple. Aunque diminuta, esta molécula es crucial: los aminoácidos se unen como piezas de un mecano para formar proteínas, responsables de casi todas las funciones de los seres vivos.

Desde construir tejidos hasta acelerar reacciones químicas en las células, las proteínas sostienen la vida tal como la conocemos. Por eso, entender de dónde salen sus componentes básicos es una de las grandes preguntas de la ciencia.

Hasta ahora, la explicación dominante apuntaba a reacciones químicas que ocurren en presencia de agua líquida, como la llamada síntesis de Strecker. En ese proceso, moléculas simples reaccionan para formar aminoácidos en ambientes relativamente templados.

Era una hipótesis elegante y coherente con muchos meteoritos ricos en carbono estudiados durante décadas.

Una firma química que no encaja

El giro inesperado llegó al analizar los isótopos de la glicina de Bennu. Los isótopos son versiones ligeramente más pesadas o más ligeras de un mismo átomo, y funcionan como una especie de huella química que revela en qué condiciones se formó una molécula.

La huella isotópica encontrada en Bennu no coincide con la de aminoácidos formados en ambientes con agua líquida templada.

Todo apunta a que estos compuestos se originaron en hielo congelado expuesto a radiación, probablemente en las zonas más frías y alejadas del sistema solar primitivo.

Puede sonar paradójico, pero incluso en el frío extremo del espacio, la radiación puede desencadenar reacciones químicas complejas capaces de construir moléculas orgánicas.

No todos los meteoritos cuentan la misma historia

Para poner los resultados en contexto, los científicos compararon las muestras de Bennu con las de meteoritos famosos como el de Murchison, que cayó en Australia en 1969 y es una auténtica mina de compuestos orgánicos.

En Murchison, los aminoácidos muestran señales claras de haberse formado en presencia de agua líquida y temperaturas suaves.

En Bennu, en cambio, todo apunta a un origen helado y radiactivo.

La conclusión es poderosa: el sistema solar primitivo no seguía una única receta química. Distintos cuerpos y regiones producían los ingredientes de la vida por caminos muy diferentes.

Un universo más fértil de lo que creíamos

Este descubrimiento amplía de forma notable las condiciones en las que puede surgir la química prebiótica.

Ya no es necesario imaginar solo charcas cálidas o mares primitivos como escenarios para el nacimiento de las moléculas orgánicas. El hielo del espacio profundo, bombardeado por radiación, también puede cumplir ese papel.

Eso tiene implicaciones enormes:

  • Aumenta la probabilidad de que los ingredientes de la vida existan en muchos lugares del universo

  • Refuerza la idea de que parte de la química básica llegó a la Tierra desde el espacio

  • Abre nuevas posibilidades para la búsqueda de vida en otros sistemas planetarios

Un misterio que se hace más interesante

Lejos de cerrar el debate sobre el origen de la vida, Bennu lo vuelve aún más fascinante.

Ahora los científicos se preguntan cuántas rutas químicas diferentes existen para formar aminoácidos, cómo se repartieron esos compuestos por el sistema solar y qué combinaciones acabaron dando lugar a la biología terrestre.

También quieren entender por qué algunos aminoácidos aparecen en formas “especulares”, como una mano derecha y una izquierda, una asimetría que podría estar relacionada con el surgimiento de la vida tal como la conocemos.


Bennu no nos da respuestas definitivas, pero sí una lección clara:
la naturaleza es mucho más creativa —y resistente— de lo que imaginábamos.

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