Crítica de "Tres adioses": Isabel Coixet vuelve a conmover con un delicado volcán emocional

Cartel de Tres adioses
Crítica de Tres adioses: Isabel Coixet vuelve a conmover con un delicado volcán emocional

Hay algo profundamente reconocible en el cine de Isabel Coixet. Una manera delicada de acercarse a las emociones sin estridencias, con respeto, con una sensibilidad que nunca busca el golpe fácil, sino la verdad íntima de los sentimientos. En Tres adioses, esa mirada vuelve a desplegarse con una historia aparentemente sencilla, esta vez rodada en Roma, que acaba convirtiéndose en un auténtico torrente emocional.
Sinopsis de Tres Adioses
Basada en la obra autobiográfica Tres cuencos, de la escritora italiana Michela Murgia, todo arranca con una discusión trivial entre Marta y su marido Antonio. Una pelea como tantas, de esas que forman parte de la vida cotidiana de cualquier pareja. Pero, en esta ocasión, el conflicto no se diluye: él rompe la relación, ella se queda sola y, a partir de ahí, comienza un proceso de aislamiento que pronto se transforma en algo mucho más grave. La pérdida de apetito, el encierro emocional y finalmente el diagnóstico médico —un tumor con metástasis— sacuden por completo la vida de la protagonista.
Coixet filma este recorrido con una ternura admirable, reflexionando sobre la fragilidad humana desde una cercanía casi física. El amor, el desamor, el dolor, la soledad, el miedo y la cercanía de la muerte se entrelazan en un relato que no busca grandes discursos, sino emociones sinceras. Es ese “volcán emocional” rodado con delicadeza y humanidad que tan bien define el universo de la directora.
Rodada en Roma, la película introduce además una mirada crítica al turismo masivo que invade la ciudad, mostrando calles saturadas de visitantes que contrastan con la soledad interior de Marta. La vida bulle alrededor mientras ella se apaga poco a poco, como si el mundo siguiera su curso sin reparar en el drama íntimo que se está viviendo a unos pocos metros.
Estupendos trabajos actorales
Uno de los grandes aciertos del filme es, sin duda, su reparto. Alba Rohrwacher compone una protagonista frágil, luminosa y profundamente real, sostenida en silencios, miradas y pequeños gestos que dicen más que cualquier palabra. Elio Germano, por su parte, evita el cliché del marido cruel y construye a un hombre lleno de contradicciones, incapaz de olvidar a la mujer que abandonó. Coixet vuelve a demostrar su enorme talento para crear seres humanos complejos, vulnerables y cercanos, como también para dirigir a los actores.
La propia directora ha señalado que esta historia le permitió regresar a una de sus grandes obsesiones temáticas: “Encontré una forma de darle la vuelta a una de mis obsesiones: hablar sobre cómo vivir sabiendo que vamos a morir.”
Y esa reflexión atraviesa toda la película, no desde el dramatismo, sino desde una serena aceptación de la finitud.
Lejos de hundir al espectador, Tres adioses conmueve precisamente por su honestidad. Coixet observa el dolor con respeto, sin subrayados ni manipulaciones, confiando en la inteligencia emocional del público. Como ella misma ha explicado:
“No tengo derecho a amargarle la vida al espectador; si puedo regalarle dos horas de atención consciente a las cosas pequeñas, ya es mucho.”
Esa filosofía se nota en cada plano. En cada pausa. En cada silencio cargado de significado.
No es casual que la película emocionara al público en la pasada 70ª edición de Seminci, Semana Internacional de Cine de Valladolid, donde inauguró la sección oficial y consiguió una amplia ovación. Ahora, con su llegada a las salas españolas este pasado viernes 6 de febrero, Tres adioses se presenta como una de esas obras que conectan profundamente con quien se deja llevar por el cine lleno de sensibilidad y que narra con ritmo pausado.
Coixet, como siempre, no decepciona. Vuelve a firmar una muestra de estupendo cine emocional, cercano y humano. Una película que habla del amor y de la pérdida con verdad, que crea personajes con los sentimientos a flor de piel y que invita al espectador tanto a reflexionar como a estremecerse.
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