Fallece el actor Eusebio Poncela
A los 79 años, el actor deja un brillante legado, marcado por una poderosa y reconocible personalidad
Siempre me recordó a William Hurt. Era el William Hurt español. Su profunda sensibilidad, su aspecto vulnerable me hacían pensar en el actor de El Turista accidental cuando aparecía en las pantallas o sobre un escenario. Los dos, inmensos actores, daban la impresión de encontrarse indefensos y que necesitaban alguien que los protegiera en medio de la selva de este mundo, y eran idóneos para encarnar personajes sufrientes de demasiada sensibilidad, en crisis continua por devaneos emocionales. Pilar Miró así lo vio, supo que Poncela podría suplir a Hurt para su proyecto en 1986 de adaptar a la gran pantalla Werther, la inmortal novela de Goethe, y tras no poder contar con el norteamericano porque en un principio era el elegido, fichó al madrileño, de Vallecas, nacido en 1945, y crearon juntos una maravillosa película cuyo rodaje estuvo lleno de dificultades y tensiones, pero que a ambos les hizo crecer.
Este pasado miércoles 27 de agosto, a los 79 años, falleció, a causa del cáncer, en su casa de El Escorial y deja tras de sí una brillante trayectoria, con papeles inolvidables tanto en teatro, series de televisión como en el cine. Su nombre es sinónimo de personalidad, vocación, entrega, talento y sensibilidad, tanto como un ejemplo de libertad, valentía, pasión, independencia y autenticidad a la hora de vivir su propia vida.
Era un actor diferente, distinto, que aceptaba trabajos “marginales”, que le llenaban el espíritu y colmaban sus inquietudes, huyendo de lo comercial, la fama fácil y de todo proyecto que estaba destinado a lo económico. Tampoco le gustaba rodearse de actores, prefería la compañía de gente de la calle como yonquis o prostitutas, y apostó siempre por encontrar su camino interpretativo en la soledad y desde las entrañas. Tanto le gustaba la calle como maestra de vida y también de su oficio, que sufrió una adicción a la heroína durante 30 años y de la que logró salir sin ayuda profesional, por su propia decisión y fortaleza, marchándose a Argentina, donde también realizó exposiciones de su otra faceta, menos conocida como pintor. También vivió la sexualidad a su manera, calificándose él mismo como “trisexual”.
Larga trayectoria como actor
Nacido en una familia obrera, cuyo padre luchó en la Guerra Civil en el bando perdedor, debutó sobre un escenario muy temprano, con tan solo 3 años. En el escenario del teatro de un colegio de la madrileña calle Embajadores, provocó las carcajadas de los espectadores disfrazado de abejorro. Fue su primer éxito.
Unos años después, y tras un intento de trabajar junto a su cuñado como escultor de trabajos de escayola, que resultó un desastre y que le hizo comprobar que su camino no era ser operario, se gradúa a mediados de los años 60 en la Real Escuela Superior de Arte Dramático y comienza a actuar en teatro; debutó en la obra Mariana Pineda, de Federico García Lorca. Logra su primer gran éxito en las tablas protagonizando Maret-Sade, en la compañía de Adolfo Marsillach.
A partir de los años 70, comienza también a compaginar trabajos en cine y televisión. En la pequeña pantalla, puede vérsele en Estudio 1, espacio mítico y añorado de TVE, que adaptaba grandes obras teatrales.
En 1979, en el papel de José Sirgado en Arrebato, de Iván Zulueta, deslumbra y se convierte en uno de los actores de referencia del cine de autor de aquellos años de Movida Madrileña. En esta cinta de culto, que no tuvo éxito de público ni de crítica en su estreno, tan vanguardista como sorprendente, encarna a un director de cine heroinómano que, tras montar su última película, cae en un camino de irrealidad.
Pero el trabajo que le hizo popular fue su trabajo en la serie de TVE Los Gozos y Las Sombras, adaptación de la novela de Gonzalo Torrente Ballester, en 1982, en la que compartió rodaje con Charo López y Carlos Larrañaga. Una elaborada y maravillosa serie que los espectadores más mayores no han podido olvidar. Unos años después, encarnaría, en otra serie que marcó los años 80, al peculiar detective Pepe Carvalho, inspirada en las novelas de Manuel Vázquez Montalbán.
En estos años 80, su colaboración con Pedro Almodóvar le convierte en unos de los actores de referencia del cine español. Sus papeles en Matador (1986) y en La Ley del deseo (1987) no pasaron desapercibidos para los espectadores que quedaban hipnotizados por su magnetismo y una personalidad diferente.
Con más de 50 películas en su trayectoria, trabajó con otros grandes directores, además de los ya citados, como Carlos Saura (El Dorado), Adolfo Aristarain (Martín (Hache)), Francisco Regueiro (Diario de Invierno) o con Álex de la Iglesia (800 Balas).
Nunca ganó el premio de la Academia (Los Goya), a los que estuvo solamente nominado en una ocasión, en 2001 como actor protagonista por Intacto, de Juan Carlos Fresnadillo. Aunque triunfó en los Premios Iris de 2016 (Mejor Protagonista por Carlos, Rey Emperador), en los Premios Cóndor de Plata en 1998 (Mejor Actor de Reparto por Martín (Hache)), y en tres ocasiones recogió el Premio Sant Jordi por sus trabajos en Martín (Hache) y El Arreglo, y en 2017 por toda su carrera. Además, en 2004, recibió el Premio Nacional de Cinematografía Nacho Martínez que otorga el Festival Internacional de Cine de Gijón.
Descanse en paz este actor que ha dejado una profunda huella, con su estilo tan personal como transgresor, en una época crucial de la cultura española.
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